Los panteones en el Día de Muertos.

Cristian Rea García

La festividad del Día de Muertos causa morbo y curiosidad a los extranjeros, pues para ellos las prácticas realizadas en el marco de este evento, rosan con el sacrilegio hacía los fallecidos, debido a que las verbenas organizadas en los panteones de las localidades, resultan ser totalmente ajenas para ellos, ya que los cementerios son lugares de reposo y descanso, vinculados con memorias tristes; por ello no entienden la libertad con la que los mexicanos se desplazan en estos sitios, en resumen, la fiesta que se vive en estos lugares. Pero los panteones no siempre fueron los núcleos de la festividad del Día de Muertos; en esta ocasión, haremos un pequeño repaso de los hechos históricos que propiciaron a que fueran el centro de esta festividad.

En la época novohispana se acostumbraba en el día de Todos los Santos y en el de los Fieles Difuntos visitar las iglesias en dónde se encontraban las criptas y campos santos que albergaban a los difuntos de los alrededores, por ello, el lugar a visitar en estas festividades eran estos templos donde descansaban sus amigos y familiares. En el caso de la ciudad de México se sabe que existió una fiesta popular conocida como el “Paseo o Verbena de Todos Santos”.

 En el México recién independizado, el 1 de noviembre de 1821 la gente después de haber visitado las iglesias, terminaban su recorrido en el hoy zócalo capitalino en el cual se desarrollaba la Verbena de Todos Santos, esta fiesta era organizada por una persona escogida por el ayuntamiento de la ciudad, donde había eventos para las familias y el ambiente de fiesta predominaba.

 Cabe señalar que a causa de la epidemia de cólera morbus de 1833, las autoridades decidieron exhumar a los cuerpos que residían en los templos, para recubrir el piso y evitar brotes, debido a esto surgieron los cementerios civiles para albergar los restos de los difuntos en sustitución de las iglesias, estos sitios siguieron la vieja normativa borbónica y fueron colocados a las orillas de los poblados, donde hubiera buena circulación de vientos y alejar los vivos los miasmas de la enfermedad.

 La historiadora Elsa Malvido, argumentó en sus investigaciones que este cambio resultó novedoso y un tanto exótico e irrespetuoso para los mexicanos de aquellos tiempos, lo que nos dice que estás practicas no siempre fueron costumbres arraigadas. Aunque esto no impidió que se dirigieran a estos sitios a visitar a sus difuntos.

 Por la lejanía de los panteones de la mancha urbana, se tenían que hacer largas caminatas, a las orillas del trayecto se instalaron puestos de comida y bebida en donde se podía adquirir pulque; claro que después de este prolongado trayecto se llegaba agotado al destino, por lo que además de las flores y adornos, llevaban comida y bebida. Malvido dijo que adornaban las tumbas con mantones de Manila, encajes bordados, candelabros de plata, velas y flores, por último, se podía “beber y comer sobre y con el muerto”. Manuel Altamirano relata la elegancia con la que se podía apreciar a los panteones de la capital y cómo veía pasar todavía a altas horas de la noche a “los animados grupos afligidos, cantando y bebiendo”.

 En el caso de Celaya, con la expedición de la Ley de Secularización de Cementerios en 1859 bajo el gobierno del presidente Benito Juárez, se prohibía la intervención de la Iglesia en la administración de cementerios y espacios de entierro, por lo que se debía de abandonar la vieja tradición de sepultar a los difuntos en los atrios y camposantos del clero. Sería hasta el año de 1890 en que se decide trasladar los restos mortuorios sepultados en estos lugares. para darles descanso ahora en un cementerio civil que fue ubicado al norte de la ciudad, realizándose el acto protocolario el 15 de noviembre.

 Según los relatos populares que se narran en algunos de los barrios de la ciudad, los frailes franciscanos pidieron la ayuda de la población para trasladar a los difuntos a su destino, por lo que habitantes de los barrios de San Antonio, Tierras Negras y Santiaguito, hicieron “lumbradas” para iluminar el camino de quienes trasladaban los restos, ya que la reubicación se hizo por la noche y en aquellos años se carecía de alumbrado público. De esta manera se instituyó una tradición para el pueblo celayense, en la que se sumaba a el día dos de noviembre (Día de Muertos) otra festividad en relación a los difuntos, con el encendido de fogatas en el exterior de las casas durante el segundo lunes del mismo mes, como recordatorio del traslado de los restos funerarios y la inauguración del panteón civil norte.

De esta manera es como el panteón norte de Celaya se volvió un referente en la festividad del Día de Muertos, al ser lugar de visita de las familias celayenses en marco de estas celebraciones. Hoy en día se sigue visitando este panteón y ahora el segundo domingo del mes de noviembre se lleva acabo el paseo de las luminarias que termina su trayecto en este lugar, por lo que sigue siendo un punto de referencia.

 Los panteones siguen continúan siendo lugares de fiesta con motivo del Día de Muertos, lo que en un tiempo resultó novedoso y un tanto incomodo ahora es parte del rito considerado único y representativo de México, es común ver a los panteones atiborrados de color y aunque resulte paradójico llenos de “vida” durante estos días, lo que ha convertido a esta tradición en uno de las mayores atractivos turísticos del país, así como parte fundamental de la identidad del mexicano.

Fuentes Consultadas

BRANDES, STANLEY, “El Día de Muertos, el Halloween y la búsqueda de una identidad nacional mexicana”. En Alteridades, vol. 10, núm. 20, julio-diciembre, 2000, pp. 7-20

DENIS RODRÍGUEZ, PATRICIA BEATRIZ; HERMIDA MORENO, ANDRÉS; HUESCA MÉNDEZ, JAVIER, “El altar de muertos: origen y significado en México”. En Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Universidad Veracruzana, vol. XXV, núm. 1, enero-abril, 2012.

JUÁREZ HERRERA, ESTEFANÍA, “El aniversario del panteón norte y las luminarias”. Museo de Celaya, Historia Regional. Área de Investigación.

MALVIDO, ELSA, “La festividad de Todos Santos, Fieles Difuntos y su altar de muertos en México, patrimonio “intangible” de la humanidad”. En La festividad indígena dedicada a los muertos en México. México: CONACULTA, Patrimonio Cultural y Turismo, Cuadernos núm. 16, 2006, pp. 41-56.

MENDOZA LUJÁN, JOSÉ ERIC, “Que viva el Día de Muertos. Rituales que hay que vivir en torno a la muerte”. En La festividad indígena dedicada a los muertos en México. México: CONACULTA, Patrimonio Cultural y Turismo, Cuadernos núm. 16, 2006, pp. 23- 40.


Historiador del Museo de Celaya, Historia Regional.

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